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Muy pocas veces escribo de la situación de mi país porque es más que sabido que aquí en Venezuela “la masa no está pa’ bollo”, pero en vista de que hace un par de semanas me ocurrió una eventualidad muy desagradable, me veo en la obligación de dar a conocer (de primera mano) lo que vivimos a diario aquí en la Patria.

Un lunes cualquiera, hace días, me levanté con un “antojo”. Quería darme el lujo de comer pan (sí, eso que en otros países es súper normal y que aquí debido a la “sensación de escasez” existente no se consigue) por lo que decidí vestirme e irme al centro a ver si contaba con la fortuna de que alguna panadería estuviera vendiendo tan delicioso manjar. Cabe destacar que yo vivo en Cúa, un pueblo de los Valles del Tuy en el Estado Miranda conocido por muchos como una ciudad “dormitorio”, el “patio de Caracas”, entre otros adjetivos más discriminatorios que no vienen al caso, y bueno, se puede decir que el nivel de seguridad no es el más óptimo (nada sorprendente para quien conoce la realidad del país. Lo cierto es que me puse una ropa normalita, tomé mi koala y llevé lo de siempre: 400 bolívares para el pasaje, mi tarjeta de débito, la cédula y por equivocación, mi teléfono celular, ya que esperaba una información importante y no podía dejarlo en casa como de costumbre.

Al cabo de un rato, me encontraba en mi destino, había corrido con suerte en mi odisea de comprar pan ya que luego de un recorrido por cinco panaderías, lo logré. Así que me disponía a devolverme a casa, cuando llegando a la parada del autobús, me sorprenden dos amigables caballeros (los más tukkis que ustedes se puedan imaginar) y una chica (bien operada, con las mechas hechas y esas uñas postizas bien largas) y a punta de pistola, me atracaron. Estaba en plena calle, la gente pasaba y miraba lo que estaba sucediendo como si nada y mientras uno de los tipos me apuntaba a la cabeza con senda pistola, el otro gritaba como loco diciéndole  a la mujer que me revisara, normal, total en Venezuela manda el hampa. Lo cierto es que me quitaron 300 bolos, mi teléfono y por poco también el pan. Se podrán imaginar el miedo que sentía en ese momento, literalmente se me pasaron un millón de cosas por la cabeza y lo peor del caso es que yo sabía que no tenía nada material  de un valor comparable con el de mi vida. Al cabo de unos minutos, se acabó el show, se llevaron lo que tenía y me dejaron ahí al borde de un infarto. Tuve que pedirle la cola al chofer de la camioneta y cuando llegué a casa fue cuando realmente caí en cuenta que había estado al borde de la muerte, que un malviviente casi me quita la vida porque ese día le provocó.

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Muchas personas me han cuestionado, que si llevaba el teléfono en la mano, que seguro me habían visto hablando en la calle, que para qué había llevado el fulano aparato en mi cartera, que por qué andaba sola y un montón de cosas más. Señores, la pregunta que realmente deberían hacerse es: ¿esto es calidad de vida? ¿Tenemos que andar todo el tiempo con la paranoia de que nos van a robar, matar, etc.? ¿A dónde hemos llegado? De verdad que la inseguridad reinante en Venezuela nos tiene a todos al borde de la locura, ya no salimos de casa sin el estrés y la incertidumbre de qué nos pasará en la calle y ese es el día a día. En mi caso particular, ese teléfono era una herramienta de trabajo y no de faranduleo ya que me desempeño en el área de Social Media de manera independiente, eso significa que en cierto modo, estas tres personas me dieron el susto más grande del mundo y de paso, me dejaron parcialmente desempleada. Lo peor es que debido a la hiperinflación reinante aquí en la “patria soberana”, reponer un equipo no puede hacerse de un día a otro, el valor supera en ocasiones 10 o 15 sueldos mínimos mensuales, así que ustedes me dirán. Lo cierto es que vivimos en una angustia constante, en un estrés infinito y en una eterna desconfianza con la gente porque no sabemos hasta qué punto están dispuestos a llegar para robarte algo que has trabajado duro.

Yo vivo a diario esta situación e historias como ésta las había escuchado por montón, pero vivirla personalmente es de verdad terrible. Espero que esas personas estén disfrutando lo que me quitaron, ojalá alguien no les arrebate algo que necesitan y lleguen a estar en la misma situación, ya saben, el karma existe y lo que aquí se hace, también se paga. El consuelo (del pendejo como uno) es que gracias a Dios hoy lo puedo contar y lo material se recupera, pero citando al famoso Oscar Yánez me despido diciendo: en Venezuela ¡así son las cosas!

Aura Brito
Aura Brito
Consultora en Social Media y Estratega Digital. Contadora de profesión, con más de 15 años de experiencia directiva y gerencial en empresas venezolanas de sectores del retail, comida rápida, ventas y consumo masivo. También me he desempeñado como profesor universitario en las cátedras de Derecho y Contabilidad. Apasionada emprendedora, he desarrollado diversos proyectos comerciales personales, siempre enfocados en el servicio, la atención al cliente y las ventas; y apoyados en las nuevas tecnologías de la información. Community Manager y Bloguera de empresas del sector de la papelería, coaching, psicología, diseño web, marketing, gastronomía y ventas, entre otras.

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